| Buenos
Aires, capital de Venezuela
Por Pilar Rahola, publicado en LA
NACION Argentina el 20 de Marzo de 2007
26 de Marzo de 2007
La perplejidad. Recuerdo
perfectamente el momento. Hebe de Bonafini acababa
de elogiar el mundo de ETA y se despachaba a gusto
contra la democracia española. Era el mismo
año en que ETA asesinaba en Barcelona al político
socialista Ernest Lluch (amigo de muchos de nosotros),
y la larga lista de muertos inundaba nuestra ensombrecida
conciencia.
Para todos los que nos habíamos educado en
los movimientos contra Franco, las Madres de la Plaza
de Mayo eran un referente, una especie de lucha blanca
contra la maldad negra de la dictadura, y así
las habíamos incorporado a nuestra mitología,
sin depurar matices. Probablemente éramos víctimas
de la ignorancia, acostumbrados a poner en el saco
de las bondades a todos los movimientos solidarios.
Pero Hebe nos despertó de golpe, como un molesto
viento, frío e inesperado.
Si esa mujer representaba la lucha por las libertades,
¿cómo podía defender a una organización
totalitaria que mataba a nuestros amigos, a la gente
que pasaba por la calle, a cualquiera que situara
en su demoníaco punto de mira? Las reivindicaciones
vascas, planteadas de forma democrática, formaban
parte de las causas de muchos de nosotros. Pero el
terrorismo sólo era una maldad nihilista.
Desde aquel día, Hebe de Bonafini conformó
el ejemplo más triste -más decepcionante-
de cómo una bandera noble podía esconder
auténticas maldades ideológicas. Al
fin y al cabo, la izquierda reaccionaria había
sido, históricamente, tan enemiga de la libertad
como su homóloga de derecha, y Bonafini recuperaba
esa tradición sin ningún complejo.
¿Cuántos miles de muertos, en nombre
de los principios de la izquierda, en nuestra historia
reciente? Y a cada muerto, su silencio, porque el
mundo decidió que sólo las víctimas
de las dictaduras de derecha existían.
Ahí están, en su doble asesinato, el
físico y el del olvido, los millones que masacró
el estalinismo, o los que murieron en las Camboyas
olvidadas, o los que sufren el espantajo de la dictadura
cubana.
Las víctimas de Chile, Argentina, España,
tuvieron sus poetas, sus recuerdos, su memoria. Pero
las víctimas de Pol Pot, de Stalin, de Fidel,
no tienen quien les escriba, porque la izquierda decidió
no hacer la autocrítica que la historia reclamaba.
Ahora, viendo a los D Elia pasearse por la tiranía
iraní, defendiendo sus bondades incluso por
encima del respeto mínimo a las víctimas
de AMIA, el círculo del fascismo de izquierdas
se cierra a la perfección. Sabemos que una
parte de la extrema izquierda latinoamericana ya coquetea
con el islamismo fundamentalista: les une el mismo
odio a los valores de Occidente, y el mismo desprecio
a la libertad.
Lo de Ferro, pues, con Hebe de Bonafini y su colega
Luis D Elía, abrazándose al sátrapa
Hugo Chávez, no resulta una sorpresa. Dios
los cría y el mismo populismo demagogo los
junta.
El reaccionarismo de izquierdas, tan exhibicionista
como el de derechas, gusta de la escenografía
y el relumbre de los focos. Tampoco es una sorpresa
que Chávez plante la carpa de su circo antiyanqui
en todo territorio que considere propio, confundida
la persona con el cargo, y el cargo con el país.
Venezuela ya es de su propiedad, dominada la prensa,
amordazado el Parlamento y perseguida la oposición.
Pero incluso gozando de una notable imaginación,
nunca pensé que el dominio territorial de Chávez
llegaría hasta el mismo corazón porteño,
como si fuera una extensión venezolana de los
sueños de Bolívar.
En uno de esos lujos que la vida nos regala, tuve
la ocasión de platicar unas horas con Julio
María Sanguinetti, una de las cabezas más
bien amuebladas de América del Sur. Dos perlas
de esa mente privilegiada: "La Paz es un convento,
Bogotá una universidad y Caracas un cuartel";
"los venezolanos, cuando votan, no votan al presidente
de Venezuela, sino al presidente de América".
Desde ese cuartel con ínfulas imperialistas,
este tipo, a medio camino entre el fascismo mussoliniano
y el populismo castrista, que tiene sus posaderas
asentadas en una ingente y pornográfica fortuna,
pero que mantiene a su población en cotas también
pornográficas de pobreza, ese Chávez
parece que tiene tantas agallas como poca vergüenza.
Visto desde la distancia, su mitín en Ferro
me parece un acto de colonialismo sólo imaginable
en un país sin entidad, pero alucinante, en
una nación que, como la Argentina, es geopolíticamente
tan relevante. Viene a chillar contra el imperio,
y lo hace colonizando la imagen de otro país,
en un acto de imperialismo chusco que me resulta imposible
entender cómo han permitido.
Desde luego, un acto así resultaría
impensable en Europa. Ya sé que la Argentina
respondió poco, que el Gobierno no envió
a nadie, que eran menos de los que querían,
pero haberlo permitido es ya, sin duda, una dejación
muy seria de la soberanía de un país.
Por supuesto, la visita de Bush por América
del Sur merece una mirada crítica: no en vano
el gobierno norteamericano ha ignorado los problemas
de la región. Pero hay un gran trecho entre
la crítica severa y este acto de "freakismo"
político que reúne lo mejor de la izquierda
más jurásica.
Si la oposición a Bush son los amigos de Irán,
las amigas de ETA y un aprendiz de dictador que dilapida
la fortuna de su país, mientras crecen las
diferencias sociales, Bush mejora por momentos.
No hay nada como tener enemigos de caricatura para
parecer algo serio.
La autora es una periodista, escritora y filóloga
española.
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