Fue Carlos Vives, el cantante colombiano oriundo de
Santa Marta, quien lanzó la primera consigna
musical del concierto Paz sin fronteras. Escasos minutos
antes de que el reloj anunciara las 2:00 de la tarde,
y al ritmo del inconfundible sonido de un acordeón,
Vives se encargó de refrescar al público
con un soplo del vallenato típico de su costa
atlántica.
"Nuestra música no tiene fronteras. Para
Bolívar no hubo fronteras. Permítanme
decírselo, cantárselo a la manera tradicional
de la música colombiana", dijo apenas
subió al escenario improvisado sobre el puente
Simón Bolívar, para luego interpretar
los tres temas que había prometido (La hamaca
grande, Testamento y Ahí llego yo) y otros
dos a manera de bonus (Déjame entrar y La tierra
del olvido). "Yo nací en Santa Marta,
la tierra donde Simón Bolívar dio su
ultimo suspiro", agregó Vives, desconocedor
quizás de que la conseja presidencial ha llegado
poner en duda todo lo que rodea a la muerte del Libertador.
"Yo nací aquí, en Colombia, en
Venezuela, en Ecuador", enarboló en cambio
su sin bandera el cantautor ecuatoriano Juan Fernando
Velasco, segundo en subir a la tarima, y quien fue
acompañado en una de sus interpretaciones por
el propio Juanes, un tanto perdido en la letra de
la canción pese a contar con la ayuda de su
celular.
Poco conversador -al menos en esta ocasión-
y guitarra en mano, Alejandro Sanz fue el tercero
en subir al escenario para cumplir con su parte: tres
canciones (El tren de los momentos, Dame tu corazón,
No es lo mismo ) y punto final. Nada de arengas contra
el presidente Chávez. Nada de franelas provocadoras
ni ademanes insinuantes.
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No contaba él, sin embargo, con la interrupción
de un personaje que se ha vuelto habitué de
jolgorios y conciertos multitudinarios: el hombrecillo
sin nombre que ya ha logrado parar abruptamente el
certamen de Miss Venezuela, el concierto de Franco
de Vita, y hasta el show de Hillary Duff en el estadio
Universitario. El hombrecillo burlador de obstáculos
que en esta ocasión se apoderó del micrófono
para atentar con la tregua: "Hugo Chávez:
¡Alejandro Sanz representa la esperanza!",
apenas alcanzó a decir antes de ser interrumpido
por los organismos de seguridad. Un mensaje que, por
cierto, fue censurado en la pantalla chica local y
apenas transmitido por RCTV Internacional.
"Eso es amor", respondió parco Sanz
a manera de respuesta para poner fin a su actuación.
No sin antes invitar a los sietes cancillleres de
la paz -como ha sido bautizado el grupo de cantantes-
a entonar un Corazón partío al unísono.
Juan Luis Guerra, compositor, cantante y productor
dominicano que ha demostrado no conocer de límites
ni fronteras, fue el cuarto en regalar al público
su canto. Encomendado primero a Dios, extrajo de sus
mejores álbumes cuatro grandes éxitos:
primero La bilirrubina, después Burbujas de
amor, más tarde Las avispas y, finalmente,
Ojalá que llueva café, para la que se
hizo acompañar de los otros seis jinetes de
la paz: Carlos Vives, Alejandro Sanz, Ricardo Montaner
y Miguel Bosé, quien acto seguido se apoderó
del micrófono para interpretar Partisano, Te
amaré, Si tú no vuelves, Bandido y Nada
particular, que compuso inspirado en la triste historia
de un grupo de niños bosnios refugiados que
subió a un autobús en busca de patria
y tuvo que regresar al lugar de origen tras conocer
el rechazo de todos.
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Ganas dijo Ricardo Montaner que no le faltaban para
cantar hasta las cuatro de la madrugada. Pero lo cierto
es que el cantautor venezolano tuvo que conformarse
con una mínima muestra de su vasto repertorio:
Tan enamorado, Bésame, Me va a extrañar
y La cima del cielo.
Cerebro de la iniciativa de paz, Juanes reservó
para él el cierre del show. "Se rompió
el protocolo, se rompieron las filas y la fiesta sigue",
fue la frase que le sirvió para poner a brincar
a todos al ritmo de A Dios le pido, Nada valgo sin
tu amor, La tierra, Me enamora y La camisa negra,
con la que cerró la jornada musical de casi
cuatro horas.