Cuando el piloto es un maníaco depresivo




Los pilotos de aviación deben someterse constantemente a exámenes físicos y psíquicos, a fin de comprobar su elegibilidad para conducir un aparato que cuesta millones y que transporta valiosas vidas humanas. De no llevarse a cabo estos exámenes pudiera darse el caso de un loco al mando de un aparato de esos. Lo mismo debería suceder en el caso de los jefes de Estado. Un jefe de Estado que no se haga un examen psiquiátrico comete un acto de irresponsabilidad ante su pueblo. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. No basta someterse a tal examen. Se necesita además que, de encontrar el psiquiatra un problema serio de desequilibrio, se atreva a decírselo al paciente o a quien pueda hacer algo al respecto. Mientras más desequilibrado esté el paciente será más difícil que el psiquiatra hable. Dicen que cuando un mesonero le preguntaba a Idi Amin, el carnicero de Uganda, como quería su escocés, respondía: “Vuelta y vuelta”. Ni de vaina que un psiquiatra le iba a decir a este hombre, quien además había sido campeón de boxeo peso pesado en su juventud, que estaba de huevito. De la misma manera, no nos imaginamos a un médico hablándole a Hitler, Stalin o Sadam Hussein de desorden bipolar o recomendándoles una cura de sueño.

Digo todo esto porque, después de muchos años, desde que Cipriano Castro bailaba desaforadamente en Antímano, no teníamos un problemita de este tipo al mas alto nivel político. Hemos tenido problemas muy serios de incompetencia en la dirección del país: Lusinchi, Herrera, entre otros; algunos que otros episodios de delirio de grandeza protagonizados por Carlos Andrés o el Dr. Caldera y hasta ataques de franca locura en candidatos presidenciales, ocurridos afortunadamente antes de la llegada a Miraflores, como en el caso del Dr. Diógenes Escalante. Pero eso de tener un presidente en ejercicio con aparentes serios problemas mentales, eso no nos había ocurrido hasta ahora. Digo aparentes porque no soy psiquiatra sino un observador de la realidad en nuestro país. Como ciudadano, pequeño accionista de Venezuela Compañía Anónima, tengo el derecho y el deber de pararme en la Asamblea de Accionistas (si las hubiera), a expresar mis temores (si alguien me escuchara) sobre la estabilidad mental del presidente de la compañía. Como ni lo uno ni lo otro sucede, los pongo aquí por escrito y lo trataré de documentar.

Por lo que he visto y oído, nuestro presidente es una persona muy activa, cada vez mas activa. Eso no es anormal, per se. Hay mucha gente activa en este mundo y la actividad es buena. Pero cuando esta incesante actividad se convierte en obsesión, puede ser preocupante. Este es el primer síntoma que me preocupa de nuestro presidente.

El segundo síntoma es que nuestro presidente no duerme mas de unas pocas horas. Quizás en esto desea imitar a Fidel Castro, quien hace años tiene problemas maníaco-depresivos. El tercer síntoma es que no parece cansarse, es infatigable, siempre está acelerado. El cuarto síntoma es su perpetua movilidad, nunca está tranquilo. Cuando está aquí quiere estar allá y viceversa. Cuando estos cuatro primeros síntomas se combinan, es la hora de comenzar a preocuparnos.
Luego vienen otros síntomas, el quinto y el sexto, relacionados con el lenguaje: la excesiva verbosidad, eso de estar horas enteras oyéndose y, sobretodo, la imposibilidad de terminar de hablar. De allí que siempre esté pidiendo mas tiempo para terminar de decir lo que quiere decir. No se da cuenta de que lo que importa no es la duración de un discurso sino el mensaje. Cuando el mensaje es débil o incoherente el discurso se convierte en una pesadilla para los oyentes. Por ello el dicho: “lo bueno, si breve, doblemente bueno”.

Después tenemos tres síntomas muy peligrosos que se refieren a la capacidad de juicio de la persona. El séptimo síntoma acumulado es la conducta inapropiada. El paciente (porque a estas alturas ya hay que llamarlo así) hace lo que no está permitido: besa a las reinas, palmotea a los reyes, amenaza a los jefes del estado con una llave de Kárate, se pasa el protocolo quien sabe por donde, llega tarde a las reuniones o simplemente no asiste a ellas, insulta a los miembros de su gabinete en público, se convierte en el principal crítico de su propio gobierno. Es como si el piloto de un 747 saliera corriendo de su cabina chillándole a los pasajeros que ¡esa mierda se va a caer!

El octavo síntoma es la extravagancia financiera, la actitud de alguien que derrocha lo que no es suyo para hacerse el simpático. Este es un síntoma que tiene una repercusión negativa inmediata sobre sus sufridos súbditos, porque el dinero dilapidado a manos llenas en aras de un proyecto fantasioso es dinero robado a quienes si lo necesitan con urgencia.

El noveno síntoma es de los grandiosos sueños: “No descansaré mi brazo ni mi alma hasta salvar a la humanidad”, como acaba de exclamar en las Naciones Unidas. Esto suena así como inflado e irreal cuando es dicho por alguien en cuyo país la gente se muere por falta de asistencia médica, las carreteras se desploman, la pobreza aumenta y la democracia ha dado paso a una dictadura de opereta.
Los tres próximos síntomas tienen que ver con los cambios súbitos en el estado de ánimo.

El décimo síntoma acumulado es el de la hostilidad. Ya no hay adversarios sino enemigos, nos dice. Quienes se oponen son traidores, ¿verdad María Corina? Invadan pa’que vean como les quito el petróleo, no jile. Ya salió otro frijolito por ahí, alguien llamado Teodoro. Bush es un pendejo e Insulza un bobito. Lo mío es Gadhafi, Irán y Corea del Norte.

El undécimo síntoma es la euforia. Ya no tenemos analfabetos en Venezuela (gracias a Fe y Alegría, se le olvida decir). Le estamos dando de comer gratis a un millón de venezolanos (como si la limosna masiva fuera una gracia y no un crimen). PetroCaribe va (como si regalar petróleo que pertenece a los venezolanos fuera un acto de altruismo y no un acto de irresponsabilidad). Regresamos victoriosos de Nueva York (según le nutre Maripili, ahora relegada a sentarse con el perraje revolucionario).

El duodécimo síntoma es la irritabilidad: Julio, eres un desastre (Y Julio Montes va para afuera). Ese bolsa no va pa’ Nueva York (Y sacan al pobre Walter Martínez del séquito). Barreto, la basura te está comiendo vivo (y el pobre gordo sale a ver que hace). La irritabilidad tiene que ver con la progresiva ausencia de gente en la cuál confiar.

Lo dicho arriba nos lleva al duodécimo primer síntoma: la inflada autoestima, la creencia de que él es el único que sirve en el país. Dice: “Tengo que estar en todo porque, si no, esos incompetentes lo echan a perder. No quisiera hacerlo todo pero no tengo alternativas”. Entonces, nombra los candidatos al Congreso, pone y quita ministros, decide que hacer sobre CONVIASA o CVG y probablemente selecciona el vestido que llevará Miss Venezuela a la competencia mundial. Cree oír las voces de sus admiradores quienes le dicen: “Hugo, te la estás comiendo”. Reconoce la vocecita de Chacón, la melosidad de alguien llamado Guedez, los persistentes intentos de Ignacio Ramonet y los entusiastas elogios de Jesse Jackson y Danny Glover, pensando que “o se mueven o les quito la asignación”.

El décimotercer síntoma (hay otros, pero con estos trece es suficiente) es el de la paranoia. Tiene que ver con la sensación de estar rodeado de enemigos que desean su muerte. Y es necesario decir, en su descargo, que hasta los paranoicos tienen razón de vez en cuando. La teoría que ha adquirido auge en días recientes es que los enemigos de los Estados Unidos están considerando con interés el asesinato del presidente, un pescadito en la laguna geopolítica, a fin de poder achacárselo a los Estados Unidos y crear, así, una crisis global. Lo cierto es que ya nuestro presidente no desea viajar sin los 80 o más guardaespaldas, casi todos Cubanos, que lo acompañan. El presidente de Colombia, por cierto, viajó a Nueva York con unas diez personas. Esa es la mejor ilustración de la diferencia entre democracia y dictadura.

Bueno, hasta aquí mi análisis. Si estoy equivocado que me lo digan y con mucho gusto pediré excusas. Reto al Dr. Edmundo Chirinos, a quien encontraron una vez en Altamira, de madrugada, pintorreteando paredes con pintas que decían; “Chirinos salvará a Venezuela” a que nos dé su versión autorizada sobre la estabilidad mental de nuestro presidente. O a Jorge Rodríguez, quien no parece estar ejerciendo su profesión, demasiado ocupado con las delicias de cometer fraude impunemente y de favorecer a sus familiares en el CNE.

¿Es que en ese régimen no hay quien cierre la puerta?

¡Esto tiene que cambiar!



* Gustavo Coronel es un veterano ingeniero de la industría petrolera, miembro director de la primera junta directiva de PDVSA (1975-1979). Actualmente Coronel colabora en Petroleumworld como asesor editorial.





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