| Cuando
el piloto es un maníaco depresivo
Gustavo Coronel*
19 de Septiembre de 2005
Los pilotos de aviación deben someterse constantemente
a exámenes físicos y psíquicos,
a fin de comprobar su elegibilidad para conducir un
aparato que cuesta millones y que transporta valiosas
vidas humanas. De no llevarse a cabo estos exámenes
pudiera darse el caso de un loco al mando de un aparato
de esos. Lo mismo debería suceder en el caso
de los jefes de Estado. Un jefe de Estado que no se
haga un examen psiquiátrico comete un acto
de irresponsabilidad ante su pueblo. Sin embargo,
la cosa no es tan sencilla. No basta someterse a tal
examen. Se necesita además que, de encontrar
el psiquiatra un problema serio de desequilibrio,
se atreva a decírselo al paciente o a quien
pueda hacer algo al respecto. Mientras más
desequilibrado esté el paciente será
más difícil que el psiquiatra hable.
Dicen que cuando un mesonero le preguntaba a Idi Amin,
el carnicero de Uganda, como quería su escocés,
respondía: “Vuelta y vuelta”. Ni
de vaina que un psiquiatra le iba a decir a este hombre,
quien además había sido campeón
de boxeo peso pesado en su juventud, que estaba de
huevito. De la misma manera, no nos imaginamos a un
médico hablándole a Hitler, Stalin o
Sadam Hussein de desorden bipolar o recomendándoles
una cura de sueño.
Digo todo esto porque, después de muchos años,
desde que Cipriano Castro bailaba desaforadamente
en Antímano, no teníamos un problemita
de este tipo al mas alto nivel político. Hemos
tenido problemas muy serios de incompetencia en la
dirección del país: Lusinchi, Herrera,
entre otros; algunos que otros episodios de delirio
de grandeza protagonizados por Carlos Andrés
o el Dr. Caldera y hasta ataques de franca locura
en candidatos presidenciales, ocurridos afortunadamente
antes de la llegada a Miraflores, como en el caso
del Dr. Diógenes Escalante. Pero eso de tener
un presidente en ejercicio con aparentes serios problemas
mentales, eso no nos había ocurrido hasta ahora.
Digo aparentes porque no soy psiquiatra sino un observador
de la realidad en nuestro país. Como ciudadano,
pequeño accionista de Venezuela Compañía
Anónima, tengo el derecho y el deber de pararme
en la Asamblea de Accionistas (si las hubiera), a
expresar mis temores (si alguien me escuchara) sobre
la estabilidad mental del presidente de la compañía.
Como ni lo uno ni lo otro sucede, los pongo aquí
por escrito y lo trataré de documentar.
Por lo que he visto y oído, nuestro presidente
es una persona muy activa, cada vez mas activa. Eso
no es anormal, per se. Hay mucha gente activa en este
mundo y la actividad es buena. Pero cuando esta incesante
actividad se convierte en obsesión, puede ser
preocupante. Este es el primer síntoma que
me preocupa de nuestro presidente.
El segundo síntoma es que nuestro presidente
no duerme mas de unas pocas horas. Quizás en
esto desea imitar a Fidel Castro, quien hace años
tiene problemas maníaco-depresivos. El tercer
síntoma es que no parece cansarse, es infatigable,
siempre está acelerado. El cuarto síntoma
es su perpetua movilidad, nunca está tranquilo.
Cuando está aquí quiere estar allá
y viceversa. Cuando estos cuatro primeros síntomas
se combinan, es la hora de comenzar a preocuparnos.
Luego vienen otros síntomas, el quinto y el
sexto, relacionados con el lenguaje: la excesiva verbosidad,
eso de estar horas enteras oyéndose y, sobretodo,
la imposibilidad de terminar de hablar. De allí
que siempre esté pidiendo mas tiempo para terminar
de decir lo que quiere decir. No se da cuenta de que
lo que importa no es la duración de un discurso
sino el mensaje. Cuando el mensaje es débil
o incoherente el discurso se convierte en una pesadilla
para los oyentes. Por ello el dicho: “lo bueno,
si breve, doblemente bueno”.
Después tenemos tres síntomas muy peligrosos
que se refieren a la capacidad de juicio de la persona.
El séptimo síntoma acumulado es la conducta
inapropiada. El paciente (porque a estas alturas ya
hay que llamarlo así) hace lo que no está
permitido: besa a las reinas, palmotea a los reyes,
amenaza a los jefes del estado con una llave de Kárate,
se pasa el protocolo quien sabe por donde, llega tarde
a las reuniones o simplemente no asiste a ellas, insulta
a los miembros de su gabinete en público, se
convierte en el principal crítico de su propio
gobierno. Es como si el piloto de un 747 saliera corriendo
de su cabina chillándole a los pasajeros que
¡esa mierda se va a caer!
El octavo síntoma es la extravagancia financiera,
la actitud de alguien que derrocha lo que no es suyo
para hacerse el simpático. Este es un síntoma
que tiene una repercusión negativa inmediata
sobre sus sufridos súbditos, porque el dinero
dilapidado a manos llenas en aras de un proyecto fantasioso
es dinero robado a quienes si lo necesitan con urgencia.
El noveno síntoma es de los grandiosos sueños:
“No descansaré mi brazo ni mi alma hasta
salvar a la humanidad”, como acaba de exclamar
en las Naciones Unidas. Esto suena así como
inflado e irreal cuando es dicho por alguien en cuyo
país la gente se muere por falta de asistencia
médica, las carreteras se desploman, la pobreza
aumenta y la democracia ha dado paso a una dictadura
de opereta.
Los tres próximos síntomas tienen que
ver con los cambios súbitos en el estado de
ánimo.
El décimo síntoma acumulado es el de
la hostilidad. Ya no hay adversarios sino enemigos,
nos dice. Quienes se oponen son traidores, ¿verdad
María Corina? Invadan pa’que vean como
les quito el petróleo, no jile. Ya salió
otro frijolito por ahí, alguien llamado Teodoro.
Bush es un pendejo e Insulza un bobito. Lo mío
es Gadhafi, Irán y Corea del Norte.
El undécimo síntoma es la euforia. Ya
no tenemos analfabetos en Venezuela (gracias a Fe
y Alegría, se le olvida decir). Le estamos
dando de comer gratis a un millón de venezolanos
(como si la limosna masiva fuera una gracia y no un
crimen). PetroCaribe va (como si regalar petróleo
que pertenece a los venezolanos fuera un acto de altruismo
y no un acto de irresponsabilidad). Regresamos victoriosos
de Nueva York (según le nutre Maripili, ahora
relegada a sentarse con el perraje revolucionario).
El duodécimo síntoma es la irritabilidad:
Julio, eres un desastre (Y Julio Montes va para afuera).
Ese bolsa no va pa’ Nueva York (Y sacan al pobre
Walter Martínez del séquito). Barreto,
la basura te está comiendo vivo (y el pobre
gordo sale a ver que hace). La irritabilidad tiene
que ver con la progresiva ausencia de gente en la
cuál confiar.
Lo dicho arriba nos lleva al duodécimo primer
síntoma: la inflada autoestima, la creencia
de que él es el único que sirve en el
país. Dice: “Tengo que estar en todo
porque, si no, esos incompetentes lo echan a perder.
No quisiera hacerlo todo pero no tengo alternativas”.
Entonces, nombra los candidatos al Congreso, pone
y quita ministros, decide que hacer sobre CONVIASA
o CVG y probablemente selecciona el vestido que llevará
Miss Venezuela a la competencia mundial. Cree oír
las voces de sus admiradores quienes le dicen: “Hugo,
te la estás comiendo”. Reconoce la vocecita
de Chacón, la melosidad de alguien llamado
Guedez, los persistentes intentos de Ignacio Ramonet
y los entusiastas elogios de Jesse Jackson y Danny
Glover, pensando que “o se mueven o les quito
la asignación”.
El décimotercer síntoma (hay otros,
pero con estos trece es suficiente) es el de la paranoia.
Tiene que ver con la sensación de estar rodeado
de enemigos que desean su muerte. Y es necesario decir,
en su descargo, que hasta los paranoicos tienen razón
de vez en cuando. La teoría que ha adquirido
auge en días recientes es que los enemigos
de los Estados Unidos están considerando con
interés el asesinato del presidente, un pescadito
en la laguna geopolítica, a fin de poder achacárselo
a los Estados Unidos y crear, así, una crisis
global. Lo cierto es que ya nuestro presidente no
desea viajar sin los 80 o más guardaespaldas,
casi todos Cubanos, que lo acompañan. El presidente
de Colombia, por cierto, viajó a Nueva York
con unas diez personas. Esa es la mejor ilustración
de la diferencia entre democracia y dictadura.
Bueno, hasta aquí mi análisis. Si estoy
equivocado que me lo digan y con mucho gusto pediré
excusas. Reto al Dr. Edmundo Chirinos, a quien encontraron
una vez en Altamira, de madrugada, pintorreteando
paredes con pintas que decían; “Chirinos
salvará a Venezuela” a que nos dé
su versión autorizada sobre la estabilidad
mental de nuestro presidente. O a Jorge Rodríguez,
quien no parece estar ejerciendo su profesión,
demasiado ocupado con las delicias de cometer fraude
impunemente y de favorecer a sus familiares en el
CNE.
¿Es que en ese régimen no hay quien
cierre la puerta?
¡Esto tiene que cambiar!
* Gustavo Coronel es un veterano
ingeniero de la industría petrolera, miembro
director de la primera junta directiva de PDVSA (1975-1979).
Actualmente Coronel colabora en Petroleumworld como
asesor editorial.
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