| Estrellas
y estrellados
Miguel E. Antezana Corrieri
*
GatoEncerrado.net
Gatosuelto.blogspot.com
29 de Noviembre de 2005
Como cada viernes, el pasado 25 de noviembre el politólogo
y humorista Laureano Márquez publicó
su refrescante “editorial” en un conocido
periódico caraqueño. El tema fue una
carta dirigida a Rosinés, la hija menor del
“líder revolucionario” de Venezuela,
Hugo Chávez. Entre pedidos serios, cómicos
y tragicómicos, Laureano tocó el tema
de una posible modificación del escudo venezolano,
llegando a plantear el cambio del caballo por las
tantas veces mencionada morrocoya de la niña
en cuestión. Hasta ahí, nada espectacular,
salvo el talento del autor de la “carta”.
Pero eso no podía quedar así. El domingo,
suponemos que en alguno de los extremos en la dosis
de litio (carencia o exceso, los médicos sabrán),
Chávez habló, insistió, amenazó
y dictó las próximas bases que soportarían
las modificaciones que sufrirían tanto la bandera
como el escudo de Venezuela, quizás para hacerlos
más acorde con el nombre político de
“República Bolivariana” que tiene
establecido en la Constitución, también
“Bolivariana”.
Es que Simón Bolívar no tiene descanso
en su tumba. Cada vez que en el gobierno se quiere
justificar algún exabrupto se apela a su nombre,
a sus ideas y hasta a lo que no hizo, porque se dio
cuenta que no funcionaba o porque simplemente no lo
dejaron. Ahora resulta que el Libertador de Venezuela
fue el de la idea de la octava estrella en la bandera,
lo cual puede ser estrictamente cierto y válido
en su momento, pero no en la Venezuela actual, cerca
de doscientos años después.
Pero el delirio de Chávez no se limita a la
octava estrella, también toca al caballo del
escudo. Ya sea por su posición, por la parada,
por la mirada, o quizás por la marca imperialista
o neoliberal que lleva en el lomo, hay que cambiarlo.
Y si de cambios hablamos, quien sabe si dentro de
poco plantea el cambio del himno nacional, el cambio
de la capital desde Caracas hacia su Barinas natal,
el nombre del mar, de la moneda y hasta de toda la
población, sobretodo de aquellos ciudadanos
o ciudadanas que tengan nombres importados, gringos
y/o capitalistas.
Esta función de teatro, barata y gubernamental,
no pasaría de unas cuantas carcajadas sino
fuera por tres simples detalles: primero, que es muy
probable que sí pase de eso, que no sólo
sea un arranque más de locura del mandatario,
sino que se convierta en una realidad. Segundo, que
es una zoquetada más de las que está
acostumbrado a hacer para que los medios y la gente
les preste más atención a ellas que
a la realidad. Y tercero, es triste ver el grado de
estupefacción en el que se encuentra la sociedad
venezolana; tanto que un individuo con mínima
preparación para ello, ocupe el cargo de estadista
y esté haciendo desastres con el país
sin que nadie reaccione.
Mientras Chávez anda pendiente –supuestamente-
de agregarle una estrella a la bandera, miles, quizás
millones de venezolanos andan estrellándose
todos los días con la dura realidad: índices
brutales de desempleo, sobretodo con la mano de obra
calificada (o sea, los profesionales mejor preparados);
inflación encubierta y/o escasez (o pagas,
o simplemente no consumes) pese a los controles de
precios; y un entorno en el que los ladrones son escoltados
por la policía y en donde la justicia es la
del más fuerte o poderoso, es decir, la inexistencia
de un estado de derecho.
Obviamente este panorama es clarísimo para
la (aún existente) clase media, la cual lucha
y se aferra con las uñas para no caer en la
siguiente amplia, creciente y “boyante”
clase baja; sector al que todos los días el
gobierno le pinta estrellitas en el cielo y de vez
en cuando un pajarito preñado con una cinta
que dice “el poder es del pueblo”. La
realidad es que esa clase media, generalmente preparada,
la que mueve la economía, al ver que la caída
es inevitable, prefiere dar el salto y emigrar, dejando
en el país a los estrellados, a los que les
pintan estrellitas, o a los que sienten en el cielo
por el uso y abuso del poder.
La pasividad ha llegado a tal punto que el próximo
domingo 4 de diciembre son las elecciones para elegir
una nueva Asamblea Nacional, el fraude está
cantado, con estrellas y todo, pero los partidos que
se dicen de oposición no han hecho nada contundente
para manifestar su repudio, rechazo y no aval a otro
acto más de teatro gobiernero. Es que la tentación
de tener un lugarcito cercano a las estrellas es demasiado
como para no tomarla en cuenta. Total, la gente ya
está acostumbrada a darse trancazos y ver estrellitas.
¿Qué hacer ante este panorama?, es la
pregunta que la mayoría del país pensante
se hace. Por lo pronto, la organización civil
Súmate lanzó la idea de que todo el
mundo manifieste su abstención de forma religiosa,
es decir, yendo a misa al mediodía. Ver abarrotadas
las iglesias sería la muestra palpable de abstención,
de rechazo al fraude. Puede ser cierto, hasta inteligente,
pero no deja de ser una muestra más de pasividad,
de estupefacción social y masiva.
Si los partidos de oposición no “se la
pintan” al gobierno (su propia estrella), a
la sociedad antigobierno no le queda otra que calarse
y aceptar las locuras del dictador, o ponerse a buscar
urgentemente a los nuevos líderes que puedan
movilizar multitudes. Ya quedó comprobado que
banderitas, pitos y matracas no tumban un gobierno.
Rezando en la iglesia un domingo, todos de la mano,
tampoco. O la sociedad venezolana se prepara para
ser la estrella de su propio destino, o se queda sentada
viendo los tristes espectáculos que monta el
dueño del circo todos los días. Escoja
usted: ser estrella o un estrellado.
* mantezan@cantv.net
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