| Ser liberal
en Venezuela
Miguel E. Antezana Corrieri
*
Gatosuelto.blogspot.com
12 de Septiembre de 2006
Quien haga un repaso
de mis artículos de opinión sobre la
realidad venezolana no dudará un minuto para
tildarme de antichavista (o antichávez, o “antichavecista”).
Ante ese gratuito calificativo –que alguna vez
ya he recibido - debo responder que, más que
eso, soy un declarado neoliberal. Como hay mucha gente
que asume, cree, o le han hecho creer que ser neoliberal
-o liberal a secas- es un insulto, o que el liberalismo
es algo detestable, hasta inhumano, quiero dejar sentada
“mi” verdad sobre el tema.
En la Venezuela de hoy, esa que llaman del siglo XXI,
la sociedad se encuentra fragmentada, más que
dividida. Ello ha sido posible “gracias”
a un concienzudo trabajo del propio presidente de
la República “Bolivariana”, Hugo
Chávez, quien arrogándose omnipotencia
afirma que en el país hay sólo dos bandos:
los que están con él y los que están
contra él.
Los que están con él, debemos asumir
que es gente convencida en su proyecto político
personal, el cual en un primer momento vendió
y le colocó el sello diferenciador de “bolivariano”,
y que ahora descaradamente lo defiende como “socialismo
del siglo XXI”. El “bolivarianismo”
ha quedado sólo como una marca comercial, algo
que podemos asumir –inclusive- podría
ser desechado en un futuro para dar paso a lo estrictamente
“socialista”.
Los que no están con él, ergo, en contra,
son personas pro yanqui, capitalistas, oligarcas,
pro imperialista, “escuálidos”
y otros tantos calificativos, inclusive descontextualizados
y mal utilizados, que no soportan el mínimo
análisis crítico y/o conceptual. Curiosamente,
los términos “liberal” o “neoliberal”
han sido usados sólo para adjetivar las políticas
económicas anteriores que sólo le trajeron
“hambre al pueblo”, o a los economistas
y organismos multilaterales. Poco o nada se ha dicho
sobre lo “liberal” o “neoliberal”
como una corriente de pensamiento, como una filosofía
de vida, como una manera de ser en el país.
De acuerdo con la definición clásica,
el Liberalismo es una corriente basada en la supremacía
de las libertades individuales, es decir, la importancia
del individuo sobre el colectivo en sus diversas manifestaciones:
expresión, pensamiento, religión y hasta
en su comportamiento económico, sobre la base
del estado de derecho. Precisamente, es la arista
económica en el Liberalismo y su “nueva”
forma de ver el papel del Estado en la economía
de una nación, de dónde se aferran los
más feroces críticos tanto de la corriente,
como de la ideología.
No obstante, el Liberalismo y Neoliberalismo van más
allá de sólo la visión económica
o de cuál debe ser el papel de Estado y –por
ende- de los gobiernos y gobernantes. Es cierto que
las consecuencias de algunas políticas macroeconómicas
“neoliberales” –sobretodo en Latinoamérica-
no han sido siempre halagadoras; sin embargo, esos
resultados han tenido más relación con
fallas a nivel estructural, con una mala o mediocre
aplicación, o por la intromisión de
factores políticos o politiqueros que distorsionan
y afectan su carácter técnico.
Con esto no queremos decir que las llamadas “recetas”
neoliberales sean infalibles y adecuadas para todo
el mundo. De hecho, la aparición de la llamada
“tercera vía” o hasta de una “cuarta”,
dan cuenta de lo variopinta que es la realidad. No
todo es blanco o negro, hay grises; pero lo que sí
podemos conocer sin titubeos son las bondades o defectos
del blanco y del negro, más aún cuando
profundizamos en la Historia Económica.
El neoliberalismo le añade a todo lo inmerso
en lo liberal el aspecto internacional, el libre comercio
y lo que hoy se conoce como globalización.
Otra vez, los detractores afirman que el libre comercio,
pero sobretodo la globalización es algo así
como una maldición. En otras palabras, para
los “anti” las economías deberían
cerrarse al mundo, deberían asumir que no existe
nada más allá de nuestras narices y
que si alguien viene con productos mejores y más
baratos deberíamos tirarle la puerta en la
cara porque lo que desea es aprovecharse de nosotros.
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Pero ese
neoliberalismo que no conoce fronteras no sólo
está en lo económico, está en
nuestra vida diaria así no lo queramos ver…
o mejor dicho, a pesar de que algunos no lo quieran
ver. Los “nuevos socialistas” -cuyo fundamento
no es defender su “ideología” sino
atacar a los liberales o neoliberales- utilizan herramientas
de la detestada globalización a diario (Internet,
emails, comunicación satelital) dejando sólo
en pie las fronteras cartográficas, pues todas
las demás ya han sido derrumbadas, y ellos
lo saben.
Lamentablemente la mayoría de esos nuevos paladines
del socialismo redivivo, muchas veces extremistas
y radicales, no tienen mayor “ideología”
y/o acción que alentar el resentimiento social,
la diferenciación de clases y el odio a todo
lo que no sea pobre. Es decir, la culpa de que existan
clases desposeídas de “algo” la
tienen aquellos que sí lo tengan, y se acabó.
Este argumento simplista, soportado por el poder político
es extremadamente peligroso y socialmente incendiario
en todo sentido, pues sus consecuencias son generalmente
mayor pobreza y mediocridad; y si se tienen recursos,
se cae inevitablemente en el populismo barato. Lo
único que pueden obtener sus seguidores es
la lejana posibilidad de una “salvación”
de parte de algún “Mesías”,
llámese líder, pensador, presidente
o lo que sea. Sin embargo, como el poder ciega, y
estando en el poder se conocen las bondades del libre
mercado, de la globalización y del capitalismo
que tanto se odia, no queda más que echarle
gasolina al discurso, pues las palabras se las lleva
el viento y la realidad lo aplasta.
Venezuela llegó a eso: un gran sector de la
población ilusionado con un cambio para mejor
que nunca llegó, engañado por un “líder”
que ahora limita las libertades para mantenerse en
el poder, y decepcionado porque se quiere llevar a
la sociedad hacia un supuesto “socialismo”
que en la realidad es ya un totalitarismo autoritario,
sobre la base de excusas legalistas.
¿Se puede creer y estar de acuerdo con “eso”?
¿Se puede renunciar a las libertades y derechos
mínimos en nombre de una supuesta “revolución”?
¿Es aceptable ser tildado de “contrarrevolucionario”
quien se niegue a avalar la mezcolanza que es el “socialismo”
que se intenta vender en Venezuela? Pues no, y quien
comparta ese “no” es un simple y declarado
liberal.
Para darle más consistencia al ser liberal
en Venezuela, Mario Vargas Llosa tiene unas líneas
perfectas que vienen como anillo al dedo:
“El liberal que yo trato de ser cree que
la libertad es el valor supremo, ya que gracias a
la libertad la humanidad ha podido progresar desde
la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas
y la revolución informática, desde las
formas de asociación colectivista y despótica,
hasta la democracia representativa. Los fundamentos
de la libertad son la propiedad privada y el Estado
de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas
de injusticia, que produce mayor progreso material
y cultural, que más ataja la violencia y el
que respeta más los derechos humanos. Para
esa concepción del liberalismo, la libertad
es una sola y la libertad política y la libertad
económica son inseparables, como el anverso
y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido
así, han fracasado tantas veces los intentos
democráticos en América latina. Porque
las democracias que comenzaban a alborear luego de
las dictaduras respetaban la libertad política
pero rechazaban la libertad económica, lo que,
inevitablemente, producía más pobreza,
ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban
gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo
un régimen de mano dura y represora podía
garantizar el funcionamiento del mercado libre. Esta
es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así
y por eso todas las dictaduras latinoamericanas“desarrollistas”
fracasaron, porque no hay economía libre que
funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente,
ni reformas que tengan éxito si se emprenden
sin la fiscalización y la crítica que
sólo la democracia permite”.
En Venezuela, oponerse a las acciones totalitarias
y autoritaristas es ser liberal. Estar en contra de
la no existencia del estado de derecho es ser liberal,
querer lo mejor para sus hijos porque uno lo considere
así, y no porque el gobierno lo quiera, es
ser liberal. Expresar lo que a uno le de la gana y
fomentarlo, sin represalias, es ser liberal. Si estar
en contra del “chavismo” es ser liberal,
pues Venezuela es mayoritariamente liberal.
Ahora, ¿es malo ser liberal? Para nada, de
hecho, está muy bien serlo porque es hasta
comercial. Así como alguna vez fue muy snob
ser de izquierda, ahora el comulgar con el liberalismo
y/o liberalismo es sinónimo de ser “mente
abierta”, de ser progresista. Sino, pregúntenles
a los socialistas chilenos…
* mantezan@cantv.net
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