| Ser Socialista
en Venezuela
Miguel E. Antezana Corrieri
*
Gatosuelto.blogspot.com
19 de Septiembre de 2006
En las elecciones presidenciales del próximo
3 de diciembre Venezuela elegirá algo más
que el mayor cargo en la administración pública.
Tema evitado –por un bando más que otro-
es el carácter ideológico de las propuestas
de gobierno, cuando de él dependerá
el desarrollo de la sociedad en los siguientes años.
Por un lado se encuentra la candidatura “unitaria”
de Manuel Rosales, calificativo que a nuestro parecer
no hace más que intentar reflejar lingüísticamente
la condición de oposición al gobierno
y todo lo que representa. En realidad, dista mucho
–todavía- de ser única, unitaria
o de consenso, dados los altos índices de abstención,
indecisión y hasta de temor a expresarse por
cualquier opción.
Aunque el candidato no lo ha declarado abiertamente,
la tendencia aparente del grupo de Rosales es liberal;
para no hablar en términos de derechistas,
izquierdistas o ambidiestros, que de éstos
últimos hay muchos en el gobierno. En el otro
extremo, la opción del candidato-presidente
Hugo Chávez es abiertamente “socialista
del siglo XXI”. No obstante, en Venezuela (y
en otras partes) reina el desconocimiento sobre lo
que es exactamente “eso” del socialismo,
incluyendo irónicamente a los seguidores de
Chávez, desde los que ocupan altos cargos públicos
hasta aquellos que tarifan su asistencia a sus “multitudinarios”
mítines.
A grandes rasgos, el socialismo clásico es
una ideología -principalmente política-
que propugna un modo de vida en el que la sociedad
posea el control de los medios de producción
y el poder político en general, sin la existencia
de clases sociales. Esto suena muy bien y hasta muy
“justo”, si no fuera por varias salvedades
que han llevado al socialismo a lo que es en nuestros
días.
Para empezar, la “sociedad” a la que se
refiere el socialismo tiene un contenido altamente
discriminatorio y hasta contradictoriamente clasista;
lo cual es muy probable dado que el concepto ha sido
–y es- manejado política y politiqueramente.
En este tipo de sociedad socialista sólo son
gente los trabajadores asalariados o la “clase
trabajadora”, la cual debe organizarse para
“tomar el poder” tanto político
como económico, ya que los medios de producción
se encuentran en manos capitalistas, o de los ricos.
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Obviamente,
el socialismo es la antítesis del capitalismo.
Es una teoría que se opone a ella por considerar
que no desarrolla en forma eficaz las fuerzas productivas
de la sociedad; por el contrario, enriquece más
a los ricos, explota a los trabajadores “como
máquinas o bestias” y los hunde en la
miseria. Sin embargo, es el propio razonamiento socialista
el que coloca a los trabajadores como animales irracionales,
como si en la práctica fuese el capitalismo
el que los obligase a trabajar y dejarse explotar
a la vez, considerándolos como seres sin voluntad
propia ni razonamiento.
En nuestros días, en los que identificamos
como una realidad la llamada “sociedad del conocimiento”,
en la cual la base del progreso individual y colectivo
es precisamente el saber, el negarse a la formación
educativa personal, a la profesionalización
o a la especialización como vía para
alcanzar el desarrollo y crecimiento deseados, es
simplemente resignarse a tener ese nivel de “máquina
o bestia” que el socialismo asume que es responsabilidad
del capitalismo.
En segundo lugar, la “sociedad” en realidad
no tiene cabida en el socialismo ya que es el Estado
el que se arroga la administración y control
de los susodichos medios de producción, además
de –por supuesto- el poder político en
su totalidad. El Estado, ergo, el gobierno, es el
encargado de la toma de decisiones “en nombre
del pueblo”, sin que exista un vínculo
real y comprobable de que el pueblo está de
acuerdo con el manejo estatal. En el socialismo –a
secas- tampoco existe algún procedimiento democrático
que avale ese sistema que, a la larga, suele degenerar
en totalitarismo.
Por último, la inclemente historia ha demostrado
que todos los regímenes socialistas que han
intentado ser “químicamente puros”
han fracasado estrepitosamente y sus sociedades han
quedado sumidas en la miseria y desilusión.
Contradictoriamente, naciones ex socialistas han visto
en el capitalismo –y por ende en el liberalismo
y/o neoliberalismo- la solución a los problemas
en los que se encontraban sumergidos.
El caso venezolano, con su “socialismo del siglo
XXI” es paradójico, por decir lo menos.
En primer lugar, quien hasta ahora ha decidido que
el país deba tomar ese “modelo”
es el presidente Hugo Chávez, quien al frente
de un proyecto político personal ha desdibujado
y tergiversado los rasgos socialistas que pueda tener
“su” ideología. En la práctica,
el “socialismo del siglo XXI” es un pastiche,
una colcha de retazos, a la cual se le agregan ideas
sueltas de personajes dispares que sólo tienen
en común una posición en contra del
capitalismo o del “imperialismo norteamericano”.
Justamente por ello, el incipiente proyecto de Chávez
no tiene posibilidad de desarrollo real y mucho menos
de ser tomado como serio por alguna otra sociedad,
a menos que se tengan los brutales ingresos que por
venta de petróleo posee coyunturalmente Venezuela.
Precisamente estos recursos, que bajo una óptica
socialista le pertenecen a la sociedad, están
siendo utilizados por el gobierno a su sola discreción
y a favor de una nueva política imperialista
basada en los petrodólares (en efectivo, compra
de bonos, convenios, compromisos de compra, etc.)
pero que tragicómicamente se tilda a si misma
de “antiimperialista”.
En el caso de Venezuela el “socialismo del siglo
XXI” es caraduramente capitalista, y no podía
ser de otro modo cuando Estados Unidos es el principal
cliente petrolero del país. Elementos como
el “desarrollo endógeno”, el combate
a la “oligarquía” o la supuesta
distribución de la riqueza a través
de las llamadas “misiones” son falacias
con las que se pretende darle base a este proyecto
Por otro lado, sobre la base de un sistema legalista,
todos los poderes públicos están a la
disposición de la figura presidencial, lo que
hace que, más que socialismo, estemos frente
a una nueva versión de totalitarismo con rasgos
autocráticos. Por supuesto -como se mencionó
antes- estos conceptos no son conocidos por la población
ni existe interés en el gobierno por exponerlos
ante la ausencia de una base ideológica, pero
sobretodo ante la inexistencia de moral para defenderla
dados los paupérrimos resultados en ocho años
de gobierno.
Cabe aclarar que, dadas las grandes imperfecciones
de la clásica visión socialista, las
cuales la han hecho inviable, existen diversos tipos
o maneras de ver el socialismo, los que se diferencian
por los “apellidos” que llevan. Socialismo
democrático, Socialismo cristiano y otras formas
de “socialismo” a secas, se venden como
versiones light pero en la práctica se acercan
y coquetean con su odiado capitalismo… es que,
ser romántico es regocijante; pero amor con
hambre, no dura.
* mantezan@cantv.net
Ilustración de Rayma,
diario El Universal
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