Mata Hari en el Vaticano





El guión es viejo, utilizado por todos los servicios secretos de la historia reciente: una pasión de los 007 latinos, esos de ánimo caliente, pero que de vez cuando tampoco es desdeñado por los agentes anglosajones británicos o los emisarios de la CIA. Una foto de tenor pornográfico o que insinúe una posible historia de sexo prohibido: imágenes verdaderas o verosímiles, con una eficacia directamente proporcional a la seriedad del personaje que se quiere golpear. No, no nos referimos a las acusaciones a la compañía de Fabrizio Corona (fotógrafo conocido por sus nexos con la farándula italiana, actualmente encarcelado después que exploto un escandaloso caso de este tipo) o de las reacciones de Silvio Sircana (vocero del Primer Ministro Prodi). Esta es en cambio la historia de una spy story de verdad: un juego de poker jugado en las calles de Roma para quitarle el botín a un par de mujeres irresistibles. Con la participación directa o indirecta del Sismi, el Vaticano, el ex KGB, la inteligencia estadounidense y la última bestia negra de Washington: la Venezuela de Hugo Chávez. Es inútil buscar pruebas: el secreto de Estado sobre este caso es triple como las cercas de los misterios esotéricos.

Pero el semanario L’Espresso logró recoger algunos testimonios sobre esta operación realizada en la primavera del 2005 sobre las dos riberas de Tiber y las dos costas del Atlántico. En juego: la credibilidad de la Iglesia católica, opositor principal del gobierno que se instauró en Caracas por el autoproclamado heredero de Bolívar, y el temor de que entre piadosas donaciones, místicas conversiones y diabólicos chantajes, el caudillo suramericano lograra penetrar las murallas de San Pedro. Dos escenarios capaces de provocar terror en las altas esferas de la CIA, más que un atentado islámico, e inducirla a moverse con determinación. De modo que los americanos se habrían dirigido a aquéllos que, para la época, eran considerados contrapartes de total confianza: el Sismi dirigido por Nicolò Pollari y, en particular, la célebre Primera división guiada por Marco Mancini. En esos días, el secuestro de Abu Omar (imán islámico secuestrado en Roma en una operación supuestamente conjunta de la CIA y el Sismi n.d.t.) todavía no se había convertido en la piedra de escándalo, no habían implicaciones legales ni para los agentes estadounidenses ni para Mancini, quien fue arrestado en el 2006 por el secuestro del imán y por las presuntas relaciones ilícitas con la seguridad de la Telecom (compañía telefónica italiana). Cierto, todos sabían que la tempestad estaba en puertas y también por esto había una carrera para dar en el blanco con nuevas movidas, para transformarlas en éxitos mediáticos o en meritos muy reservados a ser exhibidos sólo en la comunidad de las barbas falsas (los 007).

De modo que, mediante canales top secret llega al cuartel general del Sismi el dato: estaban por llegar a Roma dos mujeres, dos profesionales consideradas a sueldo de los servicios de inteligencia de Chávez. Signos particulares: bellísimas. Propósito de la misión: atraer al cuarto de un hotel a un prelado venezolano conocido por sus posiciones antichavistas y fotografiarse con él en poses capaces de alimentar el equívoco sexual. No se conocen los detalles del plan, ni si las dos Mata Hari contaban solo con el glamour caribeño, si tenían alguna cobertura en grado de procurarles el encuentro o si estaban preparadas para trucos como el trago narcotizante. Lo cierto es que la amenaza era insidiosa: fotografías comprometedoras tomadas en un ambiente de luces rojas habrían podido impactar la base popular del líder venezolano. Y tal vez contar más que mil declaraciones criticas de los obispos. En definitiva, un grave problema para la Iglesia. Y tal vez también para el Departamento de Estado norteamericano carente de aliados confiables en su contraposición con Chávez.

El hecho es que, desde el momento que desembarcaron en Fiumicino, las espías procedentes del calor tropical fueron seguidas paso a paso por el Sismi. Agentes mezclados entre turistas no las perdieron de vista en las boutiques de vía Condotti o en el hotel cinco estrellas de vía Veneto. Luego, cuando las bellezas antillanas parecían estar listas para lanzar la red fueron bloqueadas. Tampoco hay información sobre el sistema utilizado para obstaculizar el enganche: un control rutinario de las fuerzas policiales, la simulación de una pelea u otro de los trucos que suelen utilizar los agentes de seguridad. El plan del chantaje, hipotético o real, falló y al final se salvo la imagen del eclesiástico, la inmaculada austeridad del Vaticano y llegaron las felicitaciones de Washington. En suma, para Mancini y su Primera división fue un pequeño momento de gloria, aun cuando no dejaron de reírse del asunto al estilo de comedia a la italiana, rebautizando la misión como “Operación Chávez”.

¿Una spy story increíble? Obviamente, la Secretaria de Estado vaticana fue informada sólo después de concluida la operación. La noticia circuló, aunque en modo reservado, tanto así que en mayo de 2005 Baltazar Enrique Porras Cardos, presidente de la Conferencia Episcopal venezolana, desde la antigua catedral de Mérida, le dirigió a Chávez una acusación explicita: “trata de destruir la credibilidad de la Iglesia a través de la fabricación de escándalos falsos en los que estarían involucrados sacerdotes y obispos. El gobierno está tratando de degradar a la iglesia al rango de rival”. Estas palabras marcaron uno de los puntos más altos del enfrentamiento entre el presidente y la jerarquía eclesiástica. Sólo el cardenal Castillo Lara, en julio, fue más contundente, hablando explícitamente de “dictadura” y denunciando la intención de crear una división entre los obispos y la base de sacerdotes “concediendo favores a algunos y negándoselos a otros, siempre por debajo cuerda”. El presidente replicó calificando al cardenal de “delincuente e inmoral” para después ironizar sobre el traje talar “el diablo no respeta las sotanas.” Castillo Lara, nacido en Venezuela en 1922, es presidente emérito del Patrimonio Apostólico de la Santa Sede, y ha cuestionado todas las aperturas al “Castro de Caracas”. Criticó la audiencia que le fue concedida por Benedicto XVI en el 2006. En realidad Chávez se habría encontrado con importantes autoridades pontificias también en octubre del año anterior, durante su gira italiana para asistir a un evento de la FAO. En medio de una agenda muy apretada, con reuniones tanto a la derecha como a la izquierda; fue celebre su visita a la residencia de Silvio Berlusconi, quien le pasó una llamada de “su admiradora Aída Yespica (una modelo venezolana que se ha abierto camino en Italia como bailarina de cabaret n.d.t.).” Pero, también en esa ocasión, Mancini y sus agentes estaban alertas, listos para cachear cualquier movida de Chávez hacia el cardenal Sodano y la diplomacia vaticana. Movidas que interesaban a muchos: ante todo a la CIA y tal vez también a los agentes de la inteligencia rusa que cortejaban al hombre fuerte de Caracas. También en este caso el secreto es total. Lo cierto es que las informaciones recogidas fueron bien utilizadas por el dirigente de los 007 (aludiendo a Mancini n.d.t.), dando una señal clara al Vaticano: “Sabemos todo”. ¿Espiaba el Sismi a la Secretaria de Estado? No. Nuestros 007 sostienen que monitorearon solamente a elementos de los servicios de inteligencia “hostiles” que estaban controlando al Vaticano. Se trata de una versión muy oficiosa porque de oficial nunca habrá nada en esta historia.





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