| Mata Hari
en el Vaticano
Gianluca di Feo (12 de
Abril de 2007)
Semanario L'Espresso, Italia
Versión en castellano enviada por urru.org
29 de Abril de 2007
El Plan de dos hermosas espías venezolanas
para chantajear a la Iglesia romana. Los contactos
diplomáticos. He aquí la historia de
cómo el Sismi (servicio de inteligencia militar
italiano) de Mancini (ex vicedirector del Sismi) controlaba
las maniobras de Caracas.
El guión es viejo, utilizado por todos los
servicios secretos de la historia reciente: una pasión
de los 007 latinos, esos de ánimo caliente,
pero que de vez cuando tampoco es desdeñado
por los agentes anglosajones británicos o los
emisarios de la CIA. Una foto de tenor pornográfico
o que insinúe una posible historia de sexo
prohibido: imágenes verdaderas o verosímiles,
con una eficacia directamente proporcional a la seriedad
del personaje que se quiere golpear. No, no nos referimos
a las acusaciones a la compañía de Fabrizio
Corona (fotógrafo conocido por sus nexos con
la farándula italiana, actualmente encarcelado
después que exploto un escandaloso caso de
este tipo) o de las reacciones de Silvio Sircana (vocero
del Primer Ministro Prodi). Esta es en cambio la historia
de una spy story de verdad: un juego de poker jugado
en las calles de Roma para quitarle el botín
a un par de mujeres irresistibles. Con la participación
directa o indirecta del Sismi, el Vaticano, el ex
KGB, la inteligencia estadounidense y la última
bestia negra de Washington: la Venezuela de Hugo Chávez.
Es inútil buscar pruebas: el secreto de Estado
sobre este caso es triple como las cercas de los misterios
esotéricos.
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Pero el
semanario L’Espresso logró recoger algunos
testimonios sobre esta operación realizada
en la primavera del 2005 sobre las dos riberas de
Tiber y las dos costas del Atlántico. En juego:
la credibilidad de la Iglesia católica, opositor
principal del gobierno que se instauró en Caracas
por el autoproclamado heredero de Bolívar,
y el temor de que entre piadosas donaciones, místicas
conversiones y diabólicos chantajes, el caudillo
suramericano lograra penetrar las murallas de San
Pedro. Dos escenarios capaces de provocar terror en
las altas esferas de la CIA, más que un atentado
islámico, e inducirla a moverse con determinación.
De modo que los americanos se habrían dirigido
a aquéllos que, para la época, eran
considerados contrapartes de total confianza: el Sismi
dirigido por Nicolò Pollari y, en particular,
la célebre Primera división guiada por
Marco Mancini. En esos días, el secuestro de
Abu Omar (imán islámico secuestrado
en Roma en una operación supuestamente conjunta
de la CIA y el Sismi n.d.t.) todavía no se
había convertido en la piedra de escándalo,
no habían implicaciones legales ni para los
agentes estadounidenses ni para Mancini, quien fue
arrestado en el 2006 por el secuestro del imán
y por las presuntas relaciones ilícitas con
la seguridad de la Telecom (compañía
telefónica italiana). Cierto, todos sabían
que la tempestad estaba en puertas y también
por esto había una carrera para dar en el blanco
con nuevas movidas, para transformarlas en éxitos
mediáticos o en meritos muy reservados a ser
exhibidos sólo en la comunidad de las barbas
falsas (los 007).
De modo
que, mediante canales top secret llega al cuartel
general del Sismi el dato: estaban por llegar a Roma
dos mujeres, dos profesionales consideradas a sueldo
de los servicios de inteligencia de Chávez.
Signos particulares: bellísimas. Propósito
de la misión: atraer al cuarto de un hotel
a un prelado venezolano conocido por sus posiciones
antichavistas y fotografiarse con él en poses
capaces de alimentar el equívoco sexual. No
se conocen los detalles del plan, ni si las dos Mata
Hari contaban solo con el glamour caribeño,
si tenían alguna cobertura en grado de procurarles
el encuentro o si estaban preparadas para trucos como
el trago narcotizante. Lo cierto es que la amenaza
era insidiosa: fotografías comprometedoras
tomadas en un ambiente de luces rojas habrían
podido impactar la base popular del líder venezolano.
Y tal vez contar más que mil declaraciones
criticas de los obispos. En definitiva, un grave problema
para la Iglesia. Y tal vez también para el
Departamento de Estado norteamericano carente de aliados
confiables en su contraposición con Chávez.
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El hecho
es que, desde el momento que desembarcaron en Fiumicino,
las espías procedentes del calor tropical fueron
seguidas paso a paso por el Sismi. Agentes mezclados
entre turistas no las perdieron de vista en las boutiques
de vía Condotti o en el hotel cinco estrellas
de vía Veneto. Luego, cuando las bellezas antillanas
parecían estar listas para lanzar la red fueron
bloqueadas. Tampoco hay información sobre el
sistema utilizado para obstaculizar el enganche: un
control rutinario de las fuerzas policiales, la simulación
de una pelea u otro de los trucos que suelen utilizar
los agentes de seguridad. El plan del chantaje, hipotético
o real, falló y al final se salvo la imagen
del eclesiástico, la inmaculada austeridad
del Vaticano y llegaron las felicitaciones de Washington.
En suma, para Mancini y su Primera división
fue un pequeño momento de gloria, aun cuando
no dejaron de reírse del asunto al estilo de
comedia a la italiana, rebautizando la misión
como “Operación Chávez”.
¿Una spy story increíble? Obviamente,
la Secretaria de Estado vaticana fue informada sólo
después de concluida la operación. La
noticia circuló, aunque en modo reservado,
tanto así que en mayo de 2005 Baltazar Enrique
Porras Cardos, presidente de la Conferencia Episcopal
venezolana, desde la antigua catedral de Mérida,
le dirigió a Chávez una acusación
explicita: “trata de destruir la credibilidad
de la Iglesia a través de la fabricación
de escándalos falsos en los que estarían
involucrados sacerdotes y obispos. El gobierno está
tratando de degradar a la iglesia al rango de rival”.
Estas palabras marcaron uno de los puntos más
altos del enfrentamiento entre el presidente y la
jerarquía eclesiástica. Sólo
el cardenal Castillo Lara, en julio, fue más
contundente, hablando explícitamente de “dictadura”
y denunciando la intención de crear una división
entre los obispos y la base de sacerdotes “concediendo
favores a algunos y negándoselos a otros, siempre
por debajo cuerda”. El presidente replicó
calificando al cardenal de “delincuente e inmoral”
para después ironizar sobre el traje talar
“el diablo no respeta las sotanas.” Castillo
Lara, nacido en Venezuela en 1922, es presidente emérito
del Patrimonio Apostólico de la Santa Sede,
y ha cuestionado todas las aperturas al “Castro
de Caracas”. Criticó la audiencia que
le fue concedida por Benedicto XVI en el 2006. En
realidad Chávez se habría encontrado
con importantes autoridades pontificias también
en octubre del año anterior, durante su gira
italiana para asistir a un evento de la FAO. En medio
de una agenda muy apretada, con reuniones tanto a
la derecha como a la izquierda; fue celebre su visita
a la residencia de Silvio Berlusconi, quien le pasó
una llamada de “su admiradora Aída Yespica
(una modelo venezolana que se ha abierto camino en
Italia como bailarina de cabaret n.d.t.).” Pero,
también en esa ocasión, Mancini y sus
agentes estaban alertas, listos para cachear cualquier
movida de Chávez hacia el cardenal Sodano y
la diplomacia vaticana. Movidas que interesaban a
muchos: ante todo a la CIA y tal vez también
a los agentes de la inteligencia rusa que cortejaban
al hombre fuerte de Caracas. También en este
caso el secreto es total. Lo cierto es que las informaciones
recogidas fueron bien utilizadas por el dirigente
de los 007 (aludiendo a Mancini n.d.t.), dando una
señal clara al Vaticano: “Sabemos todo”.
¿Espiaba el Sismi a la Secretaria de Estado?
No. Nuestros 007 sostienen que monitorearon solamente
a elementos de los servicios de inteligencia “hostiles”
que estaban controlando al Vaticano. Se trata de una
versión muy oficiosa porque de oficial nunca
habrá nada en esta historia.
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