| Los jóvenes
frente a la tentación autoritaria
Reinaldo Ramírez
Méndez*
05 de Julio de
2007
Hace días se nos
acercó un estudiante preocupado ante la escalada
del autoritarismo en nuestro país. El joven,
en sus preguntas y reflexiones, se hacía eco
del fragor de la protesta contra la serie de atentados
a los Derechos Civiles. Ante nosotros no era sino
otra fiel expresión del nuevo sentido patriótico
que vienen enarbolando los universitarios a favor
de la estructuración de un nuevo orden
social, sobre todo del testimonio de una diáfana
posición en contra de los desafueros del pasado
y los atropellos del presente. En otros términos,
esta nueva generación, por la voz de este estudiante
(al igual que las rebeldes voces de crítica
constructiva expresadas con vehemencia –en los
últimos días- por millares como él,
a lo largo y ancho del país), se nos presenta
como la cabal demostración y evidencia de un
nuevo liderazgo que no está dispuesto a retroceder
ante los desmanes provocados por una pretendida “redención
social” que no ceja en “afincarse”
en esquemas ideológicos harto anacrónicos
e inviables.
Se trata de una nueva visión del país,
realmente fresca, abierta y honesta que se prepara
para dirigirlo en los nuevos tiempos del siglo XXI,
pero –eso sí- con planteamientos e ideas
actuales (los propios de sus circunstancias), echando
las bases para un futuro en el que –según
sus palabras- se desechen y se excluyan, de una vez
y para siempre, no solo los diversos signos de explotación
del hombre por el hombre, sino cualquier otro intento
encaminado a cercenar la libertad en toda su extensión.
La inquietud de estos jóvenes, a nuestro modo
de ver, nos refleja que no todo está perdido
en cuanto a la genuina comprensión de los más
caros ideales de la democracia, la libertad y
el pluralismo. En principio, hemos observado
que con su lenguaje diáfano y desprovisto de
toda mácula oportunista, expresan una clara
idea de la libertad. Para ellos, la libertad
no es una dádiva del gobernante y mucho menos
de quienes han demostrado sobrada improvisación
e ineptitud en el manejo de los asuntos públicos.
La libertad no es, para estos jóvenes, una
consigna hueca pronunciada por quienes con gritos
destemplados se jactan de corear (cual borregos) loas
a la muerte..! La libertad no es un don que nos viene
del poder entronizado por una camarilla de adulantes
y usufructuarios del ejercicio del gobierno. La libertad,
incluso, no es compatible con el control político.
Preguntémonos, a título de ejemplo:
¿cómo puede haber un verdadero espíritu
de libertad si se trata, desde el poder, de regimentar
la asociación gremial o sindical, e incluso
la dirección de los movimientos estudiantiles,
con no disimulado empeño para colocarlos al
servicio sesgado de los planes oficiales, en los que
están ausentes la disidencia y los pareceres
divergentes en función de una auténtica
participación de todos los sectores sociales
en el tratamiento de los problemas que atañen
a todos los componentes de la colectividad?
Para el ímpetu autoritario constituye un estorbo
el que haya elecciones libres en los sindicatos, en
los centros de estudiantes, en los gremios profesionales
y hasta en las juntas vecinales. Se cierra el paso
a la real expresión de la soberanía
popular cuando se impone, desde las alturas del poder,
“esquemas de dirección” que propenden
a la “creación” de “cuadros
serviles y sumisos a la voz del amo…”
Los estudiantes, en su protesta, no solo han demostrado
clara posición en contra del cercenamiento
y atentados a los derechos cívicos, en entre
ellos la libertad de expresión, sino que se
oponen –con la fuerza de sus planteamientos
y la límpida convicción de sus ideales
juveniles- a los intentos que se asoman para aniquilar
la verdadera esencia de la autonomía universitaria.
Para las expresiones patrióticas de los jóvenes
de hoy la libertad no emana de la necesidad. Los Derechos
Humanos son fueros y prerrogativas inmanentes a la
persona humana y propenden al amparo y respeto de
su dignidad. La libertad, repetimos, no es una dádiva
del gobierno. La actitud asumida por la juventud venezolana
en estos días no nos revela sino un signo de
cabal ejercicio de los derechos constitucionales:
los jóvenes están demostrando que conocen
el valor y trascendencia de sus derechos civiles;
saben lo que ellos significan como instrumentos para
el progreso social integral; advierten que vulnerar
esos derechos atenta contra la esencia de la democracia
y la libertad. Por ello, no están dispuestos
a tolerar más desmanes contra los Derechos
Humanos ni avalar acciones encaminadas a cercenar
la libre expresión de la disidencia, el pluralismo
y la autonomía universitaria.
La libertad y los derechos civiles que le son correlativos
proceden de las personas en tanto entes reales y tangibles,
dotados de esa singularidad como poseedores de un
espíritu que tiene la misión de continuar
la obra de la Creación, personas, tanto individualmente
consideradas como agrupadas en instituciones (religiosas,
deportivas, culturales o de cualesquiera otra índole
cívica y lícita), asociaciones civiles,
partidos políticos, sindicatos, gremios, juntas
vecinales, corporaciones sociales, cooperativas y
demás formas asociativas constituidas de acuerdo
con la ley en función e la Justicia Social
y el Bien Común. La proverbial rebeldía
juvenil no puede, en consecuencia, estar de acuerdo
con la grave crisis que acosa la Nación. Por
ello, no puede quedarse callada ante los grandes problemas
que afectan el país: el creciente desempleo,
la ineficacia en la prestación de los servicios
públicos indispensables para el normal desenvolvimiento
de la comunidad, la inflación que se cierne
como una espada de Damocles sobre esos jóvenes
que quieren prepararse para formar nuevas familias,
establecer hogares dignos, tener un trabajo estable
y desarrollarse en paz. Ante este cuadro crítico
y preocupante, es lógico entender cómo
los jóvenes extienden su protesta ante la inseguridad
que campea impunemente a talante por todos los rincones
de la patria, debido a la ausencia de un gobierno
responsable.
La libertad, así mismo, es elemento indispensable
y primordial para el cabal funcionamiento de la empresa
privada en todas sus expresiones, claro está,
con las limitaciones pautadas por la Constitución
y las leyes para fines de utilidad pública
e interés social. La libertad, pues, es un
elemento que motiva la forja de una sociedad solidaria.
En ello haya sentido la existencia y perfeccionamiento
de la democracia como forma de gobierno y
sistema de vida cívica. Por consiguiente, sólo
en la democracia el poder (y toda autoridad, en sentido
general) proviene de la libertad, de la vida bajo
la plena vigencia y respeto de los Derechos Humanos.
Esta concepción, por su naturaleza y características,
es antinómica con el empeño autoritario
y los ímpetus totalitarios de todos los signos.
Para la mentalidad absolutista y arbitraria la detentación
del poder debe concentrarse –lo más que
se pueda- bien en un solo individuo o una camarilla,
para imponer (aún por la fuerza) un modo de
vida que sólo satisface al caudillo o centro
exclusivista de dominación.
Es propio de la democracia que el poder surja de la
libertad. Fijémonos, a modo de síntesis
en esta explicación, para el modelo totalitario
y autocrático es prioritario imponer al conjunto
de la sociedad “un modo específico
de entender la libertad”… tremendo
desbarro y despropósito! De ahí la “necesidad”
de establecer un partido único o un solo sindicato,
fiel no a los intereses de los trabajadores sino a
los dictados del aparato oficial de dominación;
o bien, controlar los medios de comunicación,
ahogar todo amago de disidencia y, en esencia; y establecer
un pensamiento que no admita disconformidad ni discusión
de ninguna naturaleza; todo con el propósito
de lograr una visión unívoca y una
perspectiva que asegure la dominación de un
pueblo en función de los caprichos de un hombre
o los intereses de un sector exclusivista de la sociedad.
La democracia no descansa en el hecho de “participar”
en los cortejos y escenas de espectáculo colocadas
en los escenarios del “gran teatro” oficialista
o concurrir a los mismos para “hacer bulto”
y servir como “tontos útiles” en
las comparsas planeadas como expresiones de pan y
circo. La democracia tampoco debe ser entendida como
la medida de dominación de un determinado modelo
político-ideológico que, poco a poco,
vaya uniformando las estructuras y funciones institucionales.
La verdadera esencia de la democracia radica en la
presencia, cada vez más robusta y creciente,
del pluralismo. Este punto es comprendido
de modo cabal por los jóvenes universitarios
en sus manifestaciones de protesta: ellos están
claros en la conveniente exposición de alternativas
para que cada persona elija la que mejor le guste
o convenga según su libre apreciación
y valoración. De este modo, no tiene asidero
la ligereza con que voceros del gobierno tratan de
descalificar la valiente posición de nuestros
jóvenes en la justeza de sus planteamientos
orientados, sin duda alguna, hacia la conquista de
un mundo mejor que el presente. La juventud está
demostrando claridad y firmeza en su convicción
defensora de los Derechos Civiles. La equivocada actitud
reflejada en las caducas expresiones del oficialismo,
ante la opinión de los jóvenes manifestantes
y contestatarios, no hace sino corroborar la necesidad
de profundizar el camino hacia nuevas formas de existencia,
en las que la libertad y el pan sean obtenidos al
mismo tiempo, esto es, un sistema en el que hombre
sea –real y efectivamente- el centro y meta
de toda acción política; y que, por
tanto, se deseche todo género de explotación
y dominación de cualquier signo.
He ahí el verdadero significado de la palabra
libertad..! En la voz de estos jóvenes
que expresan -con coraje, humildad y sencillez- un
genuino planteamiento a favor de la justicia, se denota
un diáfano espíritu de esperanza.
Es expresión de madurez, máxime en el
terreno de la acción política, que se
respete la disidencia, que se fomente el diálogo
e intercambio de ideas, habida cuenta la diversidad
de opiniones y los pareceres contrastantes propios
de la vida democrática. Hacer lo contrario,
esto es, insistir en uniformar el pensamiento y la
actuación de los ciudadanos, como que si la
Nación fuera un cuartel descomunal, significa
–con toda evidencia- preparar el camino para
implantar un nuevo modelo esclavista. Como universitarios
no vacilamos en solidarizarnos con el sentimiento
patriótico de los jóvenes en su justa
lucha por la defensa de la democracia.
* Abogado, Politólogo y Profesor Universitario.
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