Amo a mi País, detesto a su Presidente





Cuando en 1992 Carlos Andrés Pérez (CAP) fue objeto de la intentona golpista por parte de Hugo Chávez y acompañantes, debo confesar que sentí cierta simpatía por la asonada militar. Sin duda, me sentía un demócrata frustrado. La constante demagogia, ansias de poder y desprecio por parte de los partidos tradicionales hacia los estratos mas necesitados habían casi destruido la fe del pueblo venezolano en la democracia.

Aunque la intentona golpista fracasó, la democracia pareció dar pasos hacia su reivindicación. Rafael Caldera, a raíz de esa rebelión pronunciaría un discurso ante el país que interpretó mis sentimientos. Dijo Caldera que él “no había visto en los ciudadanos “…la misma reacción entusiasta, decidida y fervorosa por la defensa de la democracia”. Sin embargo, la democracia hizo algunos esfuerzos por recuperarse. Poco mas tarde CAP fue acusado, juzgado y sentenciado por actos de corrupción.

El discurso de Rafael Caldera lo catapultaría de nuevo a la presidencia de la republica. Su gobierno, sin embargo, dejaría una vez más la justicia social en el limbo y a la probidad sin acceso a las arcas oficiales. Las esperanzas continuarían atormentando al pueblo venezolano

Pero nadie podría acusar a Caldera de no ser un hombre apegado al orden y a la pacificación democrática. En 1994 decidió conceder amnistía a los militares rebeldes y los dos más prominentes líderes del alzamiento, Hugo Chávez y Francisco Arias Cárdenas, quedaron libres para incursionar en la política democrática venezolana.

De esta manera, apoyados en la” simpatía” que despertaron sus acciones anticonstitucionales, los militares golpistas supieron ganarse el apoyo popular y Francisco Arias Cárdenas fue elegido como Gobernador del Estado Zulia y Hugo Chávez se convirtió en 1998 en Presidente de Venezuela obteniendo una victoria contundente.

Mi voto no sumó en esa mayoría, pero debo confesar que la victoria de Hugo Chávez no dejó de causarme cierto regocijo Al fin y al cabo su victoria representaba una derrota a todo lo que yo despreciaba: Unos líderes y partidos políticos que hicieron mal uso del estamento democrático y que fueron incapaces de anteponer con firmeza y patriotismo los intereses del país encima de los que les eran propios, dejando a un pueblo inerme que con rabia contenida veía que la riqueza de la nación no era parte de sus vidas.

Mas debo también confesar que mi desprecio a ese pasado nunca pasó de ser eso, un desprecio, jamás detesté u odié a los componentes diversos de esa democracia. Al fin y al cabo, esa democracia nunca cerró las puertas a las posibilidades de un cambio. La prueba mas evidente de ello fue la participación y el triunfo de Hugo Chávez. Es cierto que esa democracia me defraudó y a muchos de sus dirigentes desprecié, pero mi contextura ideológica y formación humana jamás albergaron odio. Hasta hoy...

Hasta hoy que reflexiono sobre esa simpatía inicial que me pudo haber causado la intentona golpista y el triunfo electoral de Hugo Chávez, y la contrasto con lo que he observado, vivido y sentido por sus acciones de gobierno y lo que le ha hecho, está haciendo y desea hacer a la democracia de mi país.

¡Detesto a Hugo Chávez y todo lo que él representa…!

¿Cómo no detestar, aborrecer y odiar hasta que el odio canse, a un jefe de estado que no siente vergüenza ni decoro alguno cuando niños entre 5 y 10 años de edad, son utilizados y preparados para mostrarlos ante el país bajo el regazo del presidente recitando de memoria y con gestos cónsonos a cada frase los méritos del gobierno y la “grandeza” del líder “revolucionario”?

¿Cómo no detestar a un hombre que disfrutó, celebró y se solidarizó con un discurso inconstitucional del presidente de nuestra empresa petrolera donde éste se regocijó de haber despedido a mas de 18.000 trabajadores, se vanaglorió que gracias a ello la empresa pasó a ser “roja, rojita” y con descaro conminó a los empleados que pudiera tener reservas a irse de la empresa o en su defecto les “harían hacer saber que estaban en medio de una revolución a punta de “carajazos”?

¿Cómo no odiar a quien está llevando a la ruina a nuestro país y comprometiendo el futuro de las próximas generaciones dilapidando sin control alguno nuestros recursos a través de dádivas y condonaciones de deudas a otros países solo para lograr o ampliar el apoyo de un proyecto personal mientras que descuida la atención a la salud, vivienda, alimentación y educación del pueblo venezolano?

¿Cómo no detestar a un hombre que carece de moral para hablar de los logros de sus emblemáticos programas sociales, tales como la Misión Barrio Adentro y los Mercados Populares (Mercal) cuando sus mismos partidarios concluyen que después de 9 años debido a incompetencia, corrupción, improvisación debe admitirse que la Misión Barrio Adentro es un “maravilloso plan que se vino abajo” y Mercal presenta sus anaqueles vacíos constituyendo otro “programa maravilloso en proceso de extinción”?

¿Cómo no detestar a un presidente que propone una reforma constitucional para perpetuarse en el poder y una vez que su propuesta es derrotada califica la victoria de sus oponentes como “una victoria de mierda” y con descaro pretende burlarse el mandato popular afirmando que “arbitrará otros medios” para lograr sus fines.?

¿Cómo no detestar a un hombre que cercena la libertad de expresión clausurando un canal de televisión porque le era crítico y que ha limitado la libertad de los otros canales como condición previa para que puedan continuar vigentes, obligando a los periodistas de esos medios a autocensurarse comprometiendo sus dignidades para mantener sus empleos?

¿Cómo no detestarlo si se ha apoderado de los canales del Estado para promover exclusivamente su persona y su gobierno convirtiéndolos a su vez en un reductos casi destinado exclusivamente para ofender y descalificar a las personas e instituciones que se le oponen.?

¿Cómo no detestarlo si ha diseñado una campaña voraz para cerrar el único canal restante privado que no se ha arrodillado a sus presiones y que continúa corajudamente ejerciendo un periodismo informativo y examinador de sus exabruptos políticos… ¿Cómo no detestarlo si acusa a ese canal de “terrorista y traidor al país”, mientras que decide eliminar el calificativo de terroristas a las Fuerzas Armadas de Liberación y al Ejército de Liberación de Colombia quienes asesinan, secuestran y hace del narcotráfico su modus vivendi y por ello son consideradas terroristas por todo el mundo civilizado?.

¿Cómo no detestarlo cuando se autocalifica de humanitario por haber contribuido al rescate de personas secuestradas y mancilladas por las FARC cuando es del dominio público que tal carácter “humanitario” no es más que un juego diseñado en conjunto con esa organización terrorista para lograr objetivos estrictamente políticos y por ende alejados de cualquier acto que implique sensibilidad humana?

¿Cómo no detestarlo, aborrecerlo y despreciarlo, si amenaza con la probabilidad de una guerra contra un país hermano, solo para cubrir sus fracasos?

¿Cómo no detestarlo si nuestra empresa petrolera acaba de ser demandada por la Exxon Mobile por 12 mil millones de dólares por un evidente manejo inadecuado de negociaciones entre el Estado y esa empresa y para ocultar su incompetencia recurre a las amañadas y trilladas consignas de nacionalismo contra imperialismo, o Chávez contra Bush o vieja PDVSA versus la PDVSA roja rojita que demagógicamente él dice que “ahora es de todos”?

Desgraciadamente para Hugo Chávez, su conquista del poder fue por elecciones y no como soñó originalmente: Tomarlo por la fuerza. Ello lo ha llevado a tener que luchar contra la arraigada conciencia democrática de un pueblo que, si bien inicialmente se dejó hechizar por su demagogia (bien sustentada y manejada gracias al precio del barril petrolero) y por su verbo de fácil acceso a la desesperanza, ha encontrado en sus mismas acciones el antídoto para el hechizo. Cada día mas venezolanos comprueban su incompetencia, egolatría y actos de destrucción de la nación que lo han mostrado al desnudo como lo que es: Un petulante cuya ideología política es una caricatura conformada por citas del pensamiento de Jesucristo, Simón Bolívar, José Martí y Carlos Marx que carecen de alguna profundidad académica, y ni siquiera pragmática, cuyo verdadero fin es soliviantar la ingenuidad de las masas populares para consolidar su liderazgo personal.

Hábilmente, Hugo Chávez ha tratado, y sin duda continuará tratando, de dividir el país a través de la incitación al odio entre los venezolanos estimulando así una potencial lucha de clases que eventualmente pueda convertirse en violenta que le permita al fin suprimir todas las libertades individuales y así poder emular al comandante cubano que tanto admira y lo inspira. Tal vez mi sentimiento hacia Hugo Chávez es una evidencia del éxito que puede haber logrado en su esparcimiento del odio. Por fortuna, mi vida nació y transcurrió por largo tiempo bajo un techo de zinc y paredes de bahareque, por lo que jamás podría canalizar y extrapolar la repugnancia que él me causa para enfrentar a aquellos que, teniendo poco o nada, reciben ahora migajas que palian sus miserias para alimentar sus esperanzas absurdas que les muestran el espejismo de un Mesías que se viste de rojo. Felizmente, estoy convencido que la suerte del Teniente Coronel está echada en la mesa de su propia destrucción por mentiroso e incompetente y las posibilidades de una Nueva Venezuela están cada día más cerca en un Horizonte donde se divisa, al fin, una conciencia democrática que de una vez diga NO mas engaños al pueblo humilde de Venezuela.





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