Después de la tempestad...
24 de Enero de 2005

Con el respaldo de Washington a Uribe, y la intervención de algunas cancillerías de la región, Chávez tuvo que redimensionar los reclamos por el caso Granda.


Pocas veces ha sido más cierto el viejo adagio según el cual “después de la tempestad, viene la calma”. La crisis política entre Bogotá y Caracas, producto de la detención del guerrillero de las Farc Rodrigo Granda, que amenazaba con pasar a mayores, comenzó a ceder al finalizar la semana pasada, luego de que los gobiernos de Álvaro Uribe, en Colombia, y de Hugo Chávez, en Venezuela, afinaran sus estrategias para obtener el mayor logro de este impasse que es considerado el más grave en los últimos 20 años de relaciones binacionales.

El distanciamiento entre los dos países se profundizó cuando el presidente venezolano anunció la suspensión de los acuerdos y los negocios con Colombia y ordenó la permanencia en Caracas de su embajador en Bogotá, Carlos Rodolfo Santiago, hasta que Uribe ofreciera disculpas por el supuesto “secuestro” de Granda, miembro de la Comisión Internacional de las Farc, y quien estaba residenciado en territorio patriota.

El ultimátum que le dio Chávez a Uribe para que le ofreciera disculpas elevó la tensión entre los dos gobiernos, tanto, que varios presidentes del área, como Alejandro Toledo de Perú, Ricardo Lagos de Chile, Luiz Ignacio, Lula, Da silva de Brasil, y Vicente Fox de México, ofrecieron su concurso para evitar que Colombia y Venezuela profundizaran más las heridas.

Cuando todo el mundo pensaba que los mandatarios y las cancillerías de la región iban a sugerirle a Uribe que cediera para evitar que las cosas pasaran a mayores, una secuencia de episodios y circunstancias cambió, a favor de Colombia, la valoración de la situación. El gobierno de Uribe entendió pronto que la reacción de Chávez se debía a que sus asesores del ala izquierda lo habían convencido de que detrás de Colombia estaba el gobierno de George W. Bush.


No dar 'papaya'

Uribe no hizo nada por demostrarle lo contrario y, en cambio, lo que Caracas vio venir el sábado 15 fue una declaración del embajador americano en Bogotá, William Wood, en respaldo de Colombia, que confirmó los peores temores de Chávez. El domingo 16, el tono de Caracas se mantenía altisonante, pero su mensaje ya no era transmitido por el mandatario ni por uno de sus ministros, sino por el jefe de comunicaciones del Gobierno, lo que implicaba, al menos en la forma, un descenso de las aguas.

Dos días después, el turno de disparar contra Chávez fue para la nueva secretaria de estado, Condoleezza Rice que, acusó a Caracas de violar libertades fundamentales y perturbar a sus vecinos, léase Colombia, pues nadie podía pensar que se tratara de Brasil ni de Guyana. “Ahí sí Chávez y su gente se asustaron de verdad”, le explicó a CAMBIO una fuente diplomática. Y se inquietaron tanto, que prefirieron no ahondar la crisis, pues los asesores más moderados del coronel, así como voceros de los gobiernos que intentaban mediar, le hicieron ver que cualquier paso en falso podría servirle de excusa a Washington para escalar su ofensiva.

Los halcones de la izquierda venezolana que envalentonaron a Chávez contra Uribe, perdieron la batalla en Caracas y en el Palacio de Miraflores comenzó a ganar fuerza la tesis de que atacar a Colombia por el caso Granda, era igual a meterse con Estados Unidos, si se tiene en cuenta que en la lucha contra el terrorismo, Uribe es un aliado incondicional de las políticas que impulsa el republicano Bush. Por eso las voces altisonantes del vicepresidente Rangel y del ministro Chacón fueron moderadas a partir del jueves 20, después de que la Cancillería colombiana anunció el envío, por valija diplomática, del listado de comandantes y campamentos de las Farc que hacen presencia en el vecino país.

Chávez sabía que no las tenía todas consigo y que, si bien podía arrinconar a Colombia en el oscuro episodio de la captura de Granda, salía a deber en cuanto a la presencia en Venezuela de importantes jefes guerrilleros de las Farc y el Eln. Para colmo de sus males, mientras en Colombia todo el mundo hizo gala de rodear a Uribe e incluso el ex presidente Andrés Pastrana, muy alejado de Uribe, vino a Bogotá a apoyarlo, en Venezuela se abrió un debate bastante agrio, consecuencia natural de la polarización que domina allí el escenario político. Lo anterior para no hablar de la molestia que al alto mando militar venezolano le producen los coqueteos de los chavistas con la guerrilla colombiana.

Con la opinión de su país dividida, al gobierno del coronel le quedó mucho más difícil aupar la bandera anti colombiana, usada con tanta eficacia por anteriores gobiernos venezolanos para desviar la atención sobre sus problemas internos. No hay que olvidar que el incidente Granda se produjo pocos días después de que Chávez comenzó a ejecutar la ley que expropia tierras incluso a inversionistas extranjeros, para entregárselas a los más pobres.

El hecho es que seis días después de amenazar a Uribe con una ruptura comercial y hasta diplomática, Chávez dejó que su canciller, Alí Rodríguez, descartara cualquier rompimiento y se sintonizara con su colega colombiana, Carolina Barco, en la búsqueda de una fórmula de solución. Al final de la semana, Bogotá no podía cantar victoria, pero Uribe y sus asesores podían decir que lo peor de la tormenta había pasado.

Las frases de Condoleezza

El gobierno del presidente Hugo Chávez es “una fuerza negativa para la región”.

“Es negativa en términos de cómo afecta a sus vecinos, negativa por (sus relaciones) con el único gobierno no democrático de la región” (Cuba).

“Creo que podemos colaborar con otros (países) para sacar a la luz esto y decirle al presidente Chávez que este tipo de comportamientos no es aceptable en la región”.


Fuente: Revista Cambio, Colombia



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